Hace treinta años, el 14 de febrero de 1996, Francisco Tomás y Valiente fue asesinado por ETA en su despacho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, un crimen que no solo arrancó de raíz la vida de un catedrático y expresidente del Tribunal Constitucional sino que pretendía, como todo acto terrorista, cercenar algo más grande que una persona: la libertad de pensar, de enseñar y de defender el Estado de Derecho frente al fanatismo; y sin embargo, como ocurre con quienes son asesinados precisamente por sostener sus convicciones, la violencia no consiguió silenciarle, sino convertirle en símbolo permanente de una España que decidió no callar, no resignarse y no mirar hacia otro lado, encarnada en aquella movilización cívica de las «manos blancas» que marcó a toda una generación.
El pasado 13 de febrero, en el trigésimo aniversario de aquel crimen, la Facultad de Derecho de la UAM acogió un acto de homenaje presidido por Sus Majestades los Reyes y al que asistieron sus hijos Ana, Carmen y Francisco Tomás-Valiente Lanuza, un acto que fue, en sí mismo, una declaración de principios sobre el papel que corresponde a la Universidad en una democracia: la palabra y el debate frente a la violencia, la razón frente al fanatismo, la memoria frente al olvido interesado, tal y como ejemplificó el propio Profesor Tomás y Valiente con su vida y con su obra.
Tuve el honor de participar como maestro de ceremonias, con la conciencia de estar poniendo voz, aunque fuera por unos minutos, a un acto de memoria, dignidad y compromiso democrático, y no puedo sino estar inmensamente agradecido a la UAM, mi alma mater, y a la Casa de Su Majestad por confiar en mí para ello; porque hay encomiendas que no se miden en términos profesionales, sino en la responsabilidad de estar a la altura de lo que se conmemora.
Su Majestad el Rey subrayó que «la memoria es un deber cívico; no podemos vivir, no podemos convivir, sin la memoria», y añadió que muchos de estos crímenes, pese al tiempo transcurrido, siguen sin resolverse, porque «cuando se elige la violencia frente a la palabra, el objetivo es matar la convivencia, esto es, cercenar la libertad y sembrar el odio que impide la comprensión de aquel que piensa distinto», palabras que resuenan directamente con lo que el propio Tomás y Valiente dejó escrito: «Cada vez que matan a un hombre, nos matan un poco a cada uno de nosotros». La rectora Amaya Mendikoetxea lo formuló con precisión: «cuando se banaliza el terrorismo, cuando se cuestionan los consensos que hicieron posible nuestra convivencia y cuando resurgen discursos totalitarios y excluyentes, conviene recordar que la democracia no es irreversible»; una democracia que se construye cada día con instituciones sólidas, con ciudadanos dispuestos a defenderla y, sobre todo, con memoria.
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